Todo el mundo ha tenido uno, o lo tiene, o lo tendrá. Sin distinción de género, edad o estatus. Los tienen los países y las ciudades de los países y los gobiernos de las ciudades de los países. Los tienen los edificios, sobre todo los viejos edificios, y las profesiones, casi todas las profesiones.
Pueden ser informaciones trascendentes u objetos banales, pueden ser convencionales o extravagantes. Pueden hacernos falsos o mentirosos, confidentes o confesores, compasivos o delatores. Pero su existencia no tiene que ver con estimaciones morales; estrictamente, no llevan asociado ningún componente ético. Son simplemente hechos, palabras, cosas que se ocultan. Los secretos viven con nosotros, nos rodean, aunque no lo sepamos.
Existen dos requisitos a la hora de buscar nuestros temas. El primero es esta condición de universal. El segundo es la capacidad de sugerir. El Secreto, en su edición en papel, ha sugerido algo a 23 colaboradores. Infidelidad, censura, una historia de espías, muchos jeroglíficos, el título de una canción, un chisme captado en una secuencia fotográfica… secretos más o menos cotidianos que dan lugar a contenidos más o menos crípticos.
De ellos hemos seleccionado dos, el de Berto Martínez y el de Kentaro Kobuke para esta edición digital. El tema también ha inspirado un recurso gráfico para la edición impresa que se inicia en la portada y sigue a lo largo de toda la publicación: mensajes secretos en dos tintas, roja y verde, superpuestas y una lámina de acetato rojo que los desvela al situarla sobre las páginas.